dimarts, 29 de setembre de 2020

El cayado

 

El cayado

Entrada la primavera, cuando empiezo a subir al pueblo en que desde la infancia he pasado los veranos, lo primero que hago es llegarme a los pastos. El camino asciende suave, entre madroños, brezos y romero, hasta que encuentro a Josep, el último pastor de la zona.

Nuestra relación es antigua. Siempre me gustó acercarme para hablar con él y observar cómo trabaja con sus perros y el rebaño.

Pasa buena parte de su tiempo con la navaja, reluciente por el uso, arreglando una vara que destinará a algún amigo en la que talla motivos del entorno que, a su entender, definen a este.

Yo le recomiendo ponerlas a la venta para veraneantes y ocasionales turistas, para tener unos ingresos adicionales pero él se niega sistemáticamente, diciendo que sus varas son un presente para personas que sabe las usarán para dirigir a sus animales, no para golpearlos.

-Deben ser parte de la vida del propietario, parte de él, como lo son las mías- me dice.

Las suyas son extraordinarias, como su cayado. Grabado a lo largo de los años, según me explica relatan su vida de pastoreo. Cada vez que la naturaleza le ofrece un regalo especial que le llena el alma, lo registra en el mismo. Aquí un águila llevando un conejo, allá una cascada helada… ¡Ya casi está lleno!

Mediado otoño, el día que subo a despedirme hasta la siguiente primavera, me sorprende  regalándomelo. Yo pretendo rechazarlo, pues soy conocedor de la mucha estima en que lo tiene, pero él insiste.

-Ya no lo voy a necesitar más- me dice.

Hoy lo tengo en un lugar preferente, en mi casa y en mi vida. Él se fue.

vara de guía

va quedando la nieve

en la ladera